"Hacer una entrevista es como torear, pero sin final trágico: tentar al toro y, cuando sale, hacerle honor a ese coraje".
Leila Guerriero.
PINTARTE CON LA ROPA PUESTA
jueves, 13 de agosto de 2015
martes, 7 de julio de 2015
Leer para liberarse
Cuando estaba en la universidad hice un reportaje sobre los talleres de literatura en las cárceles de Santiago, que está publicado aquí: http://www.kilometrocero.cl/leer-para-liberarse/
Nunca había ido a una cárcel antes de eso ni había entablado conversaciones con presos. Esa vez me metí a dos grupos, cada uno era un curso distinto. En el primero había cuatro alumnos y conversamos amigablemente acerca de literatura. En el segundo deben haber sido más de diez y todos se mostraron más hostiles. Eran de torres más conflictivas y habían llegado a la cárcel también por motivos de mayor calibre. Les pregunté por qué les gustaba ir al taller y esto me dijeron:
-"Salimos del encierro, compartimos con las señoritas, nos enseñan cosas".
-"Aprender algo más fuera de lo común. Cuando uno tiene hijos sirve para no ser ignorante".
-"Venimos de una torre conflictiva y aprendemos cosas. La comunicación más sana es con las chiquillas. También para salir del mundo de la cárcel, los conflictos, los problemas. Acá tenemos libertad de expresión".
-"Es como estar con nuestras familias, pasamos un rato agradable. Es como estar compartiendo con una prima, amiga, una hermana. Es como estar en la calle".
-"Hay cosas que hemos aprendido acá que no sabíamos, que las podemos enseñar a nuestros hijos. La literatura, las poesías, cosas que no sabíamos realmente. A veces a nuestros hijos se los pueden enseñar en el colegio y nos pueden pedir ayuda a nosotros".
martes, 30 de septiembre de 2014
Consuebot
Alguna vez estuve horas jugando con esa aplicación de Facebook que tomaba todos los estados que habías puesto alguna vez en la vida y te creaba frases nuevas. Esto dije:
-También me asusté, pasó algo con el ser conscientes.
-Me gustó mucho el reencuentro, produce algo especial, algo imponderable.
-El innegable poder de enterarte de mí.
-He vuelto a ser el alba cuando amas.
-Nosotros salimos porque se empezaron a caer las películas.
-De nuevo el corazón valió trescientas fotos.
-Este fin de tu boca.
-Comencemos con que soy una rehabilitación de excepciones.
-También me asusté, pasó algo con el ser conscientes.
-Me gustó mucho el reencuentro, produce algo especial, algo imponderable.
-El innegable poder de enterarte de mí.
-He vuelto a ser el alba cuando amas.
-Nosotros salimos porque se empezaron a caer las películas.
-De nuevo el corazón valió trescientas fotos.
-Este fin de tu boca.
-Comencemos con que soy una rehabilitación de excepciones.
-Dibujo el pequeño punto de rendirme.
-Dormir tempranito para ser cierta.
-Casi me vuelve adicta a sus formas.
-Tu odio que me tiraría la espada en la vista.
El colmo. Hasta cuando me desarman el discurso me pongo romántica.
martes, 9 de septiembre de 2014
No man is an island
No man is an island,
Entire of itself,
Every man is a piece of the continent,
A part of the main.
If a clod be washed away by the sea,
Europe is the less.
As well as if a promontory were.
As well as if a manor of thy friend's
Or of thine own were:
Any man's death diminishes me,
Because I am involved in mankind,
And therefore never send to know for whom the bell tolls;
It tolls for thee.
John Donne
No man is an island, dice Donne, y más allá de que sea un inicio vertiginoso y directo, como el camino trazado por un cuchillo que es a la vez doloroso pero claro, me parece que es utópico. Que hay un pacto de credulidad cuando lo leo, como si él supiera que me está mintiendo y yo supiera que no me está diciendo la verdad, pero ambos estamos tan cegados con la idea de que sea cierto que nos lo perdonamos mutuamente. Él pronuncia con decisión y yo asiento, ojos admirados. Hoy día nos creemos.
Pero ayer y pero mañana hay hombres que son islas impenetrables, que por impenetrables e inaccesibles se vuelven adictivas. Hay hombres de los que no puedo divisar ni la orilla de su playa, ni el color de las aguas que los rodean, ni las formas que dibujan las corrientes a su alrededor. Hombres de los que no pueden estimarse dimensiones ni paisajes, de los que hay que adivinar la topografía, donde las copas de los árboles son tan altas que nada se divisa, ni a sobrevuelo. Hombres que, además de ser una isla, están al borde de la tierra. Inestables casi. A punto de caer casi.
Yo con él me siento como si estuviera en ese límite desdibujado que es su playa y el abismo, como si flotara en un bote precario a metros del muelle pero no pudiera arribar a la orilla porque es físicamente imposible. Aunque quisiera -que quiero- y aunque él quisiera -que no sabe si sabe-, pero tampoco me retiro. Es como si mientras fuera divisando las sombras que están más allá del agua, más necesidad tuviera de llegar.
Y sé que las sombras no revelan nada, que sigue estando todo a oscuras, cerrado, impenetrable. Lo único que revelan las sombras es que me acerqué a la orilla, que las distingo. Que me permitió recorrer la segunda mitad del camino, que ya es algo inédito viniendo de él, y yo pienso, porque soy mujer y utópica y una vez leí que alguien dijo No man is an island, que en el fondo quiere que me acerque, que atraviese los límites y entre y me apropie de lo que hasta ahora nadie que conoce conoce. Que en en fondo está pidiendo a gritos que lo haga, que teme que lo haga, que ansía que lo haga.
Se supone que every man is a piece of the continent. No puede ser que esté en el mundo y no sea parte de él, que no se rija por las normas humanas que nos rigen a todos. Es imposible que sea una isla, que busque la soledad, que prefiera así la vida, con él y sin nadie.
Yo espero que escuche cómo doblan las campanas, que sienta en algún minuto en alguna parte -bien adentro, aunque no sepa exactamente dónde- que algo le duele, que le incomoda el sonido. Que escuche cómo doblan y entienda que vivimos juntos, que el propósito de todo es que lo hagamos. Que es un milagro inexacto, una coincidencia improbable que existamos simultáneamente, tan geográficamente adecuados. Que escuche el tañido de esas campanas milenarias y que entienda que si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida.
Que las empiece a oír de a poco y deje a medias lo que estaba haciendo. Que corra al muelle y me divise en la orilla, entre el límite desdibujado que es su playa y el abismo. Que, tañido a tañido, vaya entendiendo que están doblando. Que, finalmente, se dé el tiempo de dejarse conmover.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Dark sisters
Esto me valió un 7 en Pensadores, la segunda vez que lo tomé. Lo publico porque creo que es bueno sacar cosas productivas de todo lo que en algún minuto fue una mierda. El autor era Julián Marías.
A veces me pregunto si seguiste viendo Gilmore Girls. ¿Te acuerdas de la vez en que te dije que la vieras? ¿Que era perfecta para ti, que te iba a encantar? Estuvimos rayando un tiempo con ella, así como hace años empezamos a rayar con Grey's. A ti siempre te gustaba el que a mí no. En Grey's yo me moría por Burke y tú por Alex, en Gilmore yo siempre fui Team Jess y tú Team Logan.
Me acordé porque me puse a revisar nuestro inbox. Lo hice porque la semana pasada fui al concierto de Drexler y porque pienso que hace tres meses que no hablamos, hace dos que estuviste de cumpleaños y hace uno que te pusiste a pololear con mi ex. Es curioso, Negra, ¿no encuentras? que finalmente hayamos coincidido en un gusto.
Estaba buceando en tu perfil, en el de él, en nuestros mensajes, para ver si daba con alguna pista, con algún indicio. Me pillaron tan desprevenida que pienso que no te hubieras atrevido. La Vale que yo conocí, que sabía prepararme café con una mano y leerme a kilómetros de distancia, que compartía conmigo su cama de plaza y media mientras nos quedábamos hablando hasta las 5 am, que cantaba conmigo canciones a canon, no se lo hubiera permitido. No hubiera dicho que sí. La Vale, mi Vale, hubiera dicho "cómo se te ocurre, qué estamos haciendo". Aunque mi Vale no hubiera dicho "si a ti te molesta, prefiero abstenerme", ni hubiera dicho "es algo que viene pasando hace tiempo, pero no quiero perderte a ti", ni hubiera vociferado "si prefieres cortar relaciones, no hay nada que yo pueda hacer". Ella no me hubiera hecho elegir a mí: habría sabido mantenerse lejos. Así que, pensándolo bien, seguramente es cierto. Definitivamente es cierto.
Buceé en las profundidades de nuestra amistad cibernética y no, nunca, jamás me di cuenta, jamás mencionaste nada. Lo único relativo a él lo encontré en julio pasado y decía "todavía te mira con ojos de amor" y el último evento al que ambas asistimos —al que los tres asistimos— fue a mi cumpleaños, en el verano.
Es raro que el tema me siga dando vueltas constantemente. No siempre me acuerdo de ti o de él, de hecho de él me acuerdo menos que nunca. Me acuerdo más de ti porque viví la mitad de la vida contigo y porque en todas las conversaciones que tengo, alguna de nuestras anécdotas es pertinente. Pero hace un tiempo decidí que basta de esta autocompasión y de idealizarte como una mujer sufriente, en una encrucijada, que está pasando por un mal momento y tomando decisiones erradas de las que después se arrepentirá. Por eso te escribí un mail, un sábado de abril, y te mandé un abrazo de despedida y te dije que lo sentía más que la cresta, pero que tenía que eliminarte de Facebook para vivir tranquila.
Me da pena porque nuestra historia era bonita po, Negra. Habíamos pensado en cómo le íbamos a contar a nuestros respectivos hijos las anécdotas que habíamos ido acumulando: todo lo que vivimos, lo que nos tocó soportar, lo incondicionales que fuimos para la otra.
El día que fuiste a mi casa a tomar once y pasar la tarde conmigo (el día que, para ti, era el de revelar lo que estaba pasando), te entregué un libro que te hice durante meses, para que escribieras tus cosas. Busqué extractos de todos los textos que me habían marcado alguna vez —Cortázar, Shoffstall, Ovidio, Neruda— y te las transcribí a mano para que te sirvieran alguna vez. Me pregunto si escribes en él, si leíste lo que te escribí, si piensas en nosotras.
Después me dijiste y, como era esperable, todo se fue a la cresta.
Ahora no estás y es curioso porque es como si te hubieras esfumado. Yo me corté el pelo más de veinte centímetros y me imagino que tú también debes estar distinta. Es increíble que la gente cambie tan rápido. Ya no estás, Negra. Te fuiste de forma turbia y lo peor es que todo se ha ido llenando de niebla hacia atrás desde entonces.
Ya no sé con certeza cuántas manos usabas para prepararme el café en nuestros días de colegio ni si dormíamos juntas o si yo usaba la cama nido. No sé, ni siquiera, si te gustaba el Ignacio cuando estaba conmigo, si ya estaban juntos cuando fueron a mi cumpleaños o si se sienten un poquito, un ápice culpables de estar juntos. De haberme dejado sola. Los dos.
La mejor amiga de Julián Marías fue su esposa. Tú fuiste mi mejor amiga, no el Ignacio. Con él ni siquiera fuimos amigos, fuimos pololos, que es distinto. Que a veces, pero no necesariamente, puede ser lo mismo. Dolorosamente intensos pololos, pero no amigos. Por eso a él no lo extraño, porque a ti te quedaba más rico el café y porque era a ti, Negra, a la que consideraba mi hermana.
domingo, 7 de septiembre de 2014
Órganos análogos
El autor era Alejandro Llano y a Rojas se le ocurrió decir que, de todos los científicos, los físicos eran los más humildes. Lol.
Siempre me imaginé su cerebro como un órgano palpitante, lleno de cavidades con vida y movimiento. Me lo imaginaba mientras hablaba, cuando movía sus manos para explicar lo que decía o cuando escribía números con su caligrafía accidentada. Era como si uno pudiese visualizar exactamente el recorrido que trazaban sus ideas desde que se gestaban hasta que salían de sus labios: me las podía imaginar atravesando las paredes vivas de ese cerebro denso.
A veces lo recuerdo enseñándome fórmulas con su voz ronca, con sus ejemplos rebuscados y su rapidez increíble, haciendo figuras geométricas y teoremas en los rincones de mis guías. Lo recuerdo cuando ponía el brazo sobre mi silla y su olor inundaba todo el aire que rodeaba mi nariz. A veces lo recuerdo en la época en que yo estaba hipnotizada por la grandilocuencia de sus cálculos y cuando creía que con eso era suficiente. Cuando estaba convencida de eso.
Después, detrás de la certeza de los números, aparecieron de a poco las demás cosas: la nube de ego que lo envolvía, la incapacidad de ver más allá de lo que se convencía a sí mismo de que era cierto, la completa negación a decir me equivoqué.
Con el Ignacio terminamos porque él quiso y porque no se puede obligar a alguien a estar en algo que no desea. El Ignacio terminó conmigo porque se le ocurrió que yo no lo quería y, en lugar de preguntarme, se fue. Se fue como llegó: sin consultarle a nadie y azotando las puertas de salida; desestabilizando todo que estaba cerca y que, con el golpe, tambaleó.
Nunca había visto a nadie que tuviera una forma tan particular de irse de alguna parte: así, a medias, como si dentro de todo le gustara dejar un rastro imposible de obviar en la vida del otro.
El Ignacio se fue de forma definitiva (porque nunca se decidió verdaderamente a volver) y sin embargo se preocupó de dejar el camino despejado para su regreso (porque nunca se decidió verdaderamente a escapar), preocupándose de marcar territorio para que nadie nunca ocupara su puesto. Y nadie, nunca, lo hizo. Se encargó de dejar un espacio perpetua y notoriamente desocupado que nunca buscó llenar y el espacio, eventualmente, terminó por acostumbrarse a la nada.
Hace poco –como si hubiera sido una iluminación divina– me di cuenta de que nunca fue su cerebro el que se me asemejaba a un órgano palpitante. La analogía andaba cerca, pero en esencia –en un detalle clave– estaba gravemente errada: siempre fue el órgano palpitante el que funcionaba como un cerebro.
Dicen que los físicos son, de todos los científicos, los más humildes. A mí la experiencia me ha enseñado que están lejos de serlo. Que pueden ser los más fascinantes, erráticos, etéreos e indescifrables; pero que difícilmente van a ser capaces de dejar escapar un perdón cuando se lo pidan sus entrañas, o mucho menos de decir vuelve. Incluso cuando lo tengan grabado en cada rincón inexacto de sus vastas anatomías.
sábado, 17 de mayo de 2014
Goodbye dance
Hoy día Cristina se fue de Grey's. Ya era hora, encuentro, la serie siempre ha encontrado la forma de hacerme sentir identificada y desde que dejamos de hablarnos que me parecía inconexo que Cristina siguiera.
Ella, a diferencia de ti, se fue por la puerta ancha. Hubo bailes de despedida y llantos y promesas de contacto. Fue un bonito final para las dark sisters, igualito al nuestro. Ordinario y por whatsapp.
Hace un rato me llegó un mail que confirmaba que cobré mi Vale vista y, a la rápida, pensé que era un mail tuyo. Así de necesitada de un cierre estoy. Por eso me lloré todo el capítulo y sobre todo la escena del baile. Siempre acordamos que tú eras Meredith y yo era Cristina, así que decidí que esa va a ser nuestra despedida. Así fue como terminamos.
Bailando una canción que te encanta en la pieza que fue testigo de lo que fuimos; yo moviendo mis rulos y tú haciendo tus pasos de baile.
He was never the sun, negra, espero que lo tengas claro. You were.
Farewell, Mer.
Farewell, Mer.
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