jueves, 28 de abril de 2011

Famosos en twitter

Mi mejor amigo no quería hacerse twitter, pero lo convencí con argumentos como que es más íntimo y las personas cuentan sus cosas más abiertamente que en facebook. No es que él sea un psicópata, pero bueno, a todos nos gusta saber cosas de la vida de los demás.
La verdad es que al principio yo no lo entendía mucho y lo encontraba fome, pero ahora he desarrollado una adicción patética y me entretiene tanto como facebook y más que msn.
En fin, la cosa es que mi amigo se hizo el suyo hace diez minutos y hasta ahora sigue a 14 personas y yo soy su única seguidora. Obvio, lo encuentra fome.
Lo gracioso es que, para convencerlo de lo bueno que es twitter, recurrí a decirle que puede seguir a los famosos sabiendo que son ellos, a lo que me respondió un lacónico "no me interesan los famosos".
Yo, que lo conozco y lo adoro porque es el mejor hombre que pisa el planeta después de mis familiares directos, me atrevo a decirle "amigo... Emma Watson" sabiendo que será motivo suficiente.
Su respuesta, obviamente, fue "el que tiene un tick?"

Querido twitter: has conseguido un recluta más.

El primo sublevado

(haciendo tareas de Inglés, Primero Básico)

1.- Write. Use words in the box

Consue: ya Gabriel, "I like riding my..."
Gabriel: bike!
Consue: sí... no, se dice baik no bike
Gabriel: "se dice baik no bike"
Consue: no me imites, o no te ayudo nunca más.
Gabriel: bueno perdón.

Así es como la juventud de hoy aprecia el tiempo que invertimos en educarlos.

martes, 26 de abril de 2011

Onírica

A veces pasa que se altera el orden de las cosas, o se pierde, o se confunde. No es que se modifique sino que se esfuma, avanza más rápido que tus pasos (que van lo más presurosos que pueden) y de pronto no sabes dónde te encuentras porque no reconoces el entorno ni sabes qué dirección tomar. Pasa cuando no conoces las calles que miras a través de la ventana cada mañana y pasa cuando te imaginas, por un segundo, qué pasaría si la micro te lleva a otro extremo, con qué te encontrarías del otro lado y cómo podrías volver si no sabes ya a qué llamar tu casa.
Él abre la puerta, no la puerta material con la que empieza (¿o termina?) mi pieza ni tampoco la metáforica que da un sentido empalagoso a mi vida. Abre la puerta y de pronto no sé si son los minutos previos a que amanezca o si se ha hecho demasiado tarde. Entra con su sonrisa melancólica rodeado del color violeta de ese momento indefinido del día, cuando no sabemos si es hoy o mañana pero poco nos importa porque hace frío, y es lo único que nuestra mente nos grita en las sienes; cuando abrimos los ojos en medio de la noche para realizar un esfuerzo sobrehumano y buscar la tapa que pesa más que nuestras propias vidas.
Entonces, siempre lo diviso.
Se mueve entre tinieblas porque no hay suficiente luz en este mundo pesimista para que alumbre, y entre la niebla distingo su mano que parece llamarme a veces y otras huir. Más lo segundo que lo primero.
Escapa de este mundo aquí, tan lejos, y con su magnetismo absurdo me obliga a caminar a pocos pasos, y me borra la sonrisa y me invade con sus pensamientos negros y dolorosamente reales. No puedo buscar otro rumbo y me invade otra vez esa sensación tan conocida que insisto en rechazar, pero esta vez es diferente. Ya no siento cómo palpita mi corazón que otras veces de ha desbordado: siento como si no existiera, o si lo único que pudiera sentir fuese el hueco que dejó. No recuerdo haberlo perdido pero hoy ya no lo encuentro.
No pienso que sea el órgano quien me dé los sentimientos, pero a pesar de eso lo he dado por hecho siempre. Si aún lo siento manifestarse no entiendo donde ha ido a parar la Consuelo que suspiraba y creía en tantas cosas que hoy me parecen fantasías. De todas formas me ha hecho entender que debo cuidarlo, porque se me disparó el pulso esta tarde y tuve miedo, debo admitirlo, de sufrir algún contratiempo en este país inmenso que es Santiago y que no conozco si no es arriba de mi 412 (en el tramo que suelo recorrer, por supuesto).
Qué le ha hecho el transantiago a mi músculo flojo (que se resiste al sentimiento puro que tan bien creo haber conocido) que no quiere ya dejarse llevar. No quiere arriesgarse a más dolor ni más sufrimiento, quiere un descanso figurado y dedicarse a latir y dejarme pensar. O eso quiere mi mente que haga y él insiste en arruinar mis planes con su esencia agria y aguafiestas, queriendo llenarlo todo de esperanza cuando ya no hay espacio para más ilusiones, cuando quiero que empiece a tomar protagonismo la realidad.
Pero él llega. No tiene aún rostro ni silueta pero siento su presencia que me augura cada noche entre sueños que llegará; y no llegará vestido de blanco con sonrisas radiantes sino triste y sombrío, y pienso que cuando lo encuentre y por fin no se me escurra de entre los dedos su mano, cuando encuentre abrigo en su abrazo frío, todo volverá a tener sentido: un sentido nuevo y diferente que no estará tapizado de rosa pero sí de cariño sincero.

lunes, 25 de abril de 2011

Perdón

La imagen de sus labios vastos y firmes me tiene completamente insomne esta noche.
Tengo tantas ganas de tantearlos con los míos, que están sedientos desde hace un tiempo: explorar con mis manos los rincones de su cuello; rozar con mis dedos el borde de su cara, allí donde las sombras se pierden y los límites se desdibujan; conocer con mi nariz el refugio de piel que se esconde tras el lóbulo de su oreja y dejar que me invada su esencia de hombre en fuga.
Quiero cerrar los ojos y perderme en lo inoportuno del momento, aunque todo lo existente me grite peligro.
Quiero con demasiada fuerza darle un beso hasta saciarme el antojo. No para acurrucarme a su lado ni empezar a caminar de su mano; sino simplemente para salir de la duda, quitarme las ganas y respirar tranquila.

y eso.

martes, 19 de abril de 2011

Consuelo la contradictoria ("Esta soledad tan concurrida")

El ensayo que tengo que entregar mañana lo escribí acerca de cómo me he adaptado a vivir acá en Santiago, cómo voy necesitando menos mi vida en Chillán y todas esas cosas (que no implican que no eche de menos algunas) pero hoy día en Lengua Española fuimos a escribir a Estación Mapocho y probé un poquito del Santiago que no se ve en mi U ni en mi comuna, y sumado a la visita que tuve ayer a la U de una amiga (que sí tenía el verdadero ambiente universitario), provocaron muchos pensamientos y bueno, esto es lo que surgió. Esperemos que supere la barrera del 4.4


Esta soledad tan concurrida

Acá en Santiago todo es diferente: la ciudad me parece inmensa, confusa, agitada. Todos siempre se mueven con mucha prisa, mucho ceño y poca vida.
Cuando bajo del metro, noto de inmediato cuán distinto es este sector del que conozco, en el que vivo a diario.
Al viejo de la esquina que se mueve con dificultad lo ayuda una joven (me gusta pensar que es su nieta), sin una pizca de abnegación y mucho menos con cara de paciencia. Avanzan lento y pronto se pierden entre la multitud. Ni en mi universidad ni en La Reina he visto estos escenarios.
Los kioskos de la vereda tienen un aire triste de abandono. La mujer que atiende el de los letreros fosforescentes no disfruta de su trabajo, no se siente orgullosa. Del techo cuelgan pañuelos y calcetas, en el costado reposa un panel con joyas innecesarias que todos miran pero nadie compra. Muy lejos, casi en otra dimensión, su hija más pequeña llora.
Junto a la estatua hay un hombre de mochila que toca la guitarra y observa a todos los jóvenes turistas (nosotros, por supuesto) con su mirar ausente, vacío. Las notas no las oye nadie, no llegan a ningún oído: son acordes errantes, perdidos.
Todos mis compañeros miran como yo: desconcertados. Los observo para ver si soy la única que piensa tantas cosas y no puede plasmar ninguna, pero de pronto noto que no sé leerlos. A muchos no los había visto antes, ni siquiera conozco sus nombres: somos extraños. 
En un pequeño rincón de sol de la escalera están sentados dos que había divisado alguna vez. Él lleva una chaqueta que siempre usa y ella apenas una polera ligera (¡y con este viento!); mientras ella escribe, él la mira con esa cara que lo delata y pienso que sus rostros alegres desentonan con el paisaje, acá en Estación Mapocho, en medio de tanta desolación camuflada.
Pero cuando entro al edificio (que me venía seduciendo desde que llegué) me sorprende la amplitud de sus espacios, la pulcritud de sus muros antiguos. Mi amiga y yo nos sentamos en las mesas del café, en medio del silencio, y noto que en la pared de enfrente están grabados los nombres de distintas ciudades. Mi mirada busca, ávida, la palabra que espero y añoro, que me lleve momentáneamente a casa. La encuentro justo sobre nuestras cabezas y noto cómo extraño sus calles tranquilas, su pobreza moderada, sus caras conocidas y los pasos lentos de sus transeúntes.
La veo y casi me llega una ráfaga del aroma de mi pieza, y casi escucho a mi mamá llamándome a comer. Por un leve segundo, el olor a húmedo del recinto se desvanece por completo.
Sólo dos días más para volver a ver tus paisajes conocidos, para perderme en tus rincones y llenarme del abrazo de mis papás para las siguientes agónicas tres semanas.
Cómo te extraño, Chillán.

martes, 12 de abril de 2011

Endorfinas trumps Ácido Fosfórico

Cuando venía en la micro de vuelta a mi casa, se subió un hombre con una verborrea incontrolable, convenciéndonos de que no tomáramos Coca-Cola. Al principio no me había dado cuenta, primero porque las micros son gigantes y tienen dos ambientes, y segundo porque iba escuchando música felizmente. Cuando cambié la canción alcancé a escuchar "Coca-Cola... ácido fosfórico..." y nada más (le subí el volumen a propósito).
Me apesta cuando las personas tratan de imponerte lo que piensan en la micro. Se aprovechan de que no puedes darte media vuelta porque vas viajando y te meten todas sus ideas en la cabeza. Además, su voz era irritante.
A mí la Coca-Cola me hace feliz, y también el cholocate, y también Jack Johnson (ah sí, hoy día fue mi día Jack Johnson); por eso me vine escuchando Banana Pancakes y pasé a comprar Rolls a la farmacia (sí, a la farmacia), y llegué a tomarme un vaso de Coca-Cola y puta, cómo me gusta el ácido fosfórico.
Me agrada eso de las endorfinas extra, me siento feliz últimamente. Me gusta vivir en Santiago, me he ido adaptando de a poco pero bien. Descubrí que si viajo con música, no llego tan enojada a clases. Todos acá están demasiado seriotes.
Me gusta mi carrera, no digamos que es precisamente a lo que quiero dedicarme el resto de mi vida, pero me gusta harto. Me acuerdo cuando hice esa nota acerca de toda la presión social que me incitaba a estudiar medicina, y no me arrepiento de haber hecho oídos sordos. Me gusta el ambiente, me gustan los ramos, me gusta la gente. Creo que estoy en lo mío, justo donde tengo que estar en este momento. A lo mejor más adelante mis necesidades cambien, pero hoy estoy muy bien.
Además, soy una mujer muy competitiva y llevo no uno, ni dos, sino TRES partidos de taca-taca consecutivos ganados, y se siente sencillamente ma-ra-vi-llo-so.


domingo, 3 de abril de 2011

Los adorables


Aunque suene estúpido y un poco ridículo, considero que los hombres se ven tiernos cuando miran futbol.
No soy una gran fan del famoso deporte ni tampoco entiendo la regla de off-side, pero me gusta ver algún partido de vez en cuando, sobre todo cuando coincide con alguna situación importante (como el mundial, por ejemplo). Aunque el fanatismo excesivo tiende a molestarme, debo admitir que tengo una clase de benevolencia extraña hacia ellos cuando los veo, embrutecidos frente a la tele, mirando a una manada de pelotas correr tras otra pelota.
Hoy día al llegar a Santiago de vuelta de mi viaje a Chillán, esperé con mi prima en el segundo piso de la estación y, por supuesto, estaban transmitiendo el partido de la U v/s Santiago Wanderers. Alcancé a ver desde después del segundo gol de la U hasta poco después del tercero, lo que implica todos los "casi" (que fueron como 3) que hubo entremedio.
Había un hombre joven, probablemente universitario, que era un chiste: se comía las uñas como si esperara la nota de su tesis y sus ojos estaban desorbitados. Cada vez que algún azul se acercaba medianamente al arco contrario, él se paraba en fracción de segundo, y tuvo que sentarse sin gritar gol las 3 veces. Su embobamiento (supongamos que momentáneo) me provocó compasión y ternura, ¡TERNURA! ¡Qué insólito!
Cuando, por fin, los chunchos metieron el tercer gol los pocos que estaban viendo el partido saltaron de júbilo al unísono, los que no se conocían se abrazaban, y el hombre en estudio estaba al borde de las lágrimas. Y no exagero.
Justo después de ese momento me fui a mi casa, pero debo admitir que la emoción y la chispa que irradiaban los idiotizados casi me contagiaron las ganas de gritar junto a ellos, a toda voz, un sonoro "¡bien conchatumadre!"