A veces pasa que se altera el orden de las cosas, o se pierde, o se confunde. No es que se modifique sino que se esfuma, avanza más rápido que tus pasos (que van lo más presurosos que pueden) y de pronto no sabes dónde te encuentras porque no reconoces el entorno ni sabes qué dirección tomar. Pasa cuando no conoces las calles que miras a través de la ventana cada mañana y pasa cuando te imaginas, por un segundo, qué pasaría si la micro te lleva a otro extremo, con qué te encontrarías del otro lado y cómo podrías volver si no sabes ya a qué llamar tu casa.
Él abre la puerta, no la puerta material con la que empieza (¿o termina?) mi pieza ni tampoco la metáforica que da un sentido empalagoso a mi vida. Abre la puerta y de pronto no sé si son los minutos previos a que amanezca o si se ha hecho demasiado tarde. Entra con su sonrisa melancólica rodeado del color violeta de ese momento indefinido del día, cuando no sabemos si es hoy o mañana pero poco nos importa porque hace frío, y es lo único que nuestra mente nos grita en las sienes; cuando abrimos los ojos en medio de la noche para realizar un esfuerzo sobrehumano y buscar la tapa que pesa más que nuestras propias vidas.
Entonces, siempre lo diviso.
Se mueve entre tinieblas porque no hay suficiente luz en este mundo pesimista para que alumbre, y entre la niebla distingo su mano que parece llamarme a veces y otras huir. Más lo segundo que lo primero.
Escapa de este mundo aquí, tan lejos, y con su magnetismo absurdo me obliga a caminar a pocos pasos, y me borra la sonrisa y me invade con sus pensamientos negros y dolorosamente reales. No puedo buscar otro rumbo y me invade otra vez esa sensación tan conocida que insisto en rechazar, pero esta vez es diferente. Ya no siento cómo palpita mi corazón que otras veces de ha desbordado: siento como si no existiera, o si lo único que pudiera sentir fuese el hueco que dejó. No recuerdo haberlo perdido pero hoy ya no lo encuentro.
No pienso que sea el órgano quien me dé los sentimientos, pero a pesar de eso lo he dado por hecho siempre. Si aún lo siento manifestarse no entiendo donde ha ido a parar la Consuelo que suspiraba y creía en tantas cosas que hoy me parecen fantasías. De todas formas me ha hecho entender que debo cuidarlo, porque se me disparó el pulso esta tarde y tuve miedo, debo admitirlo, de sufrir algún contratiempo en este país inmenso que es Santiago y que no conozco si no es arriba de mi 412 (en el tramo que suelo recorrer, por supuesto).
Qué le ha hecho el transantiago a mi músculo flojo (que se resiste al sentimiento puro que tan bien creo haber conocido) que no quiere ya dejarse llevar. No quiere arriesgarse a más dolor ni más sufrimiento, quiere un descanso figurado y dedicarse a latir y dejarme pensar. O eso quiere mi mente que haga y él insiste en arruinar mis planes con su esencia agria y aguafiestas, queriendo llenarlo todo de esperanza cuando ya no hay espacio para más ilusiones, cuando quiero que empiece a tomar protagonismo la realidad.
Pero él llega. No tiene aún rostro ni silueta pero siento su presencia que me augura cada noche entre sueños que llegará; y no llegará vestido de blanco con sonrisas radiantes sino triste y sombrío, y pienso que cuando lo encuentre y por fin no se me escurra de entre los dedos su mano, cuando encuentre abrigo en su abrazo frío, todo volverá a tener sentido: un sentido nuevo y diferente que no estará tapizado de rosa pero sí de cariño sincero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario