Aunque puedo decir que gozo de buena memoria, mis recuerdos de la infancia los atribuyo más a esa inmensa y problemática imaginación que siempre me ha caracterizado. Partiendo de esa base, no puedo asegurar que todo lo que relate en adelante sea completamente verídico; pero de todas formas tengo la clara sensación de haberlo vivido.
Provengo de una familia grande, y mi historia familiar es tan compleja e intrincada que casi siempre prefiero ahorrarme el relato. En resumen, mi infancia la viví siempre entre 8 personas como mínimo (contando hermanos, sobrinos, papás, nana, visitas y parientes de cariño). Nuestra vida, por lo mismo, siempre ha sido bastante impredecible. Conozco de cerca los líos que trae la convivencia con demasiadas personas: el tener que almorzar en turnos para caber en la mesa y los llantos a coro que parecían contagiarse de un niño a otro. Pero todo fue una experiencia sumamente enriquecedora.
Para todos los miembros de esta enorme familia, el día más esperado era el del paseo a Los Alemanes. El viaje en esa época se nos hacía eterno (unos 30 minutos desde mi casa, 40 si el día era festivo); y nos íbamos todos en el furgón verde de mis mejores años. El rato se nos iba entre canciones, risas y cuanto se nos ocurriera hacer, pues atrás había espacio de sobra.
Al llegar, siempre nos saludaba el elefante. Era, a todas luces, mi juego favorito. A mis ojos siempre fue el resbalín más grande del mundo, y para subir a él era necesario ingresar por la parte trasera del animal, una especie de túnel tenebroso, y esquivar la cola que te chocaba en la frente. El momento del desliz se hacía eterno y a la vez tan corto, y nos dejaba la sonrisa grabada en los labios.
Había también otros juegos: los caballos de madera sostenidos sobre una especie de resorte que podías montar (pero ésos, a mí, me daban miedo), la muñeca que se tragaba las pelotas, el chancho que hacía ruidos de chancho, la jirafa en la que pedaleabas y te mojaba con chorros de agua (ése tampoco lo jugaba, porque podía resfriarme) y esa esfera de fierros que los grandes hacían girar mientras los niños gritábamos dentro.
Cuando nos habíamos cansado lo suficiente, entrábamos a comer.
La carpa era inmensa y su aroma siempre nos abría el apetito. El ambiente tenía esa atracción intimidante que te iba volviendo adicto: los mozos se vestían a la usanza alemana y todos indudablemente lo eran. A mis cortos 8 años, yo estaba enamorada de los garzones y sus ojos tan azules. Ellos no hablaban una pizca de español y para entendernos teníamos que decirles lentamente el número de nuestro pedido. Siempre se reían con sus sonrisas encantadoras, pues la situación a todos nos causaba gracia, y luego de unos momentos volvían con los platos.
Yo siempre pedía completo.
Los completos no eran ni remotamente parecidos a la imagen que podrían formarse en sus mentes: venían en pan redondo, atravesado por una vienesa (producción propia) de unos 20 centímetros de largo y con un tomate tan rojo y sabroso que parecía un sueño. Lo comía siempre acompañado de un jugo de membrillo natural, y de postre un kuchen de quesillo que constituye el mejor recuerdo de mi infancia. Ambas cosas nunca me sonaron tan deliciosas como en verdad sabían.
A la salida, comprábamos vienesas para llevarnos a casa y siempre un mazapán para el viaje. Cuando abandonábamos la carpa, pasábamos a ver la laguna de los patos atacaron al Jero cuando era chico y yo siempre volvía al auto en brazos de mi papá.
El camino de vuelta siempre se hizo más corto por el simple hecho de que, rendidos como estábamos, nos íbamos durmiendo.
Cuando he vuelto a ir, me parece que el elefante ha ido achicando con los años, pero siempre me tiro al menos una vez, como para no perder la costumbre de reír mientras bajo. La carpa sólo la abren los veranos y generalmente nos ha tocado comer en el casino. Han puesto nuevas atracciones: pelotas transparentes en la laguna, camas saltarinas y toro mecánico. Supongo que les sigue yendo bien, porque siempre están llenos. Los completos los sirven mozos chilenísimos en pan de hot dog y el jugo de membrillo suele dejarme un sabor amargo en la boca. El kuchen no he querido volver a pedirlo.
Los Alemanes ya no son lo mismo para mí, pero eso no quita que sigan siendo un buen lugar para ir o que la idea no nos provoque aún una pizca de esa emoción que nos envolvía hace tantos años. Lo sigue haciendo, pero se desvanece tanto más rápido.
Me gusta recordarlos en sus días de gloria, cuando yo era apenas una niña con la cara escondida entre rulos que saltaban en la dirección que se les antojaba, y que soñaba con casarse con alguno de esos alemanes.
Cuando me siento sola o se me hace demasiado evidente cuánto extraño a mi familia, me gusta cerrar los ojos y recordar esos buenos tiempos: cuando lo único que importaba era cuándo íbamos a poder divisar al Elefante y si esta vez iba a atreverme a probar un postre diferente.
Por supuesto, nunca lo hice.