domingo, 28 de agosto de 2011

La Negra

Siempre digo que es imaginación de ustedes, que somos demasiado diferentes, pero la verdad es que asumo que somos bastante parecidas. Lo digo con un poco de ironía, si es evidente que el crossing over no funcionó del todo cuando fuimos concebidas, con 4 años y medio de diferencia.
En realidad la Negra es una de mis mejores amigas. Me acuerdo cuando era más chica y hablaba con su voz ronquita y le llevaba la contra a todos. Ahora que está grande podemos conversar cualquier cosa, y acompañarnos, y reír y reír y terminar pensando sospechará el mundo lo locas que estamos.
Siempre me sorprende con su fortaleza, sus opiniones tan centradas, su forma de hacerme pensar de dónde salió esta cabra chica. Sus piernas interminables que no sé cuándo crecieron tanto, sus mismos ojos de uva que me miran entre maliciosos y desafiantes, su risa que —afortunadamente— ha ido bajando de decibeles a medida que crece.
Cada cierto tiempo me meto a su muro a escribirle alguna estupidez que me haga sonar sobreprotectora (como eres muy chica para usar esa ropa, o quién es ese niñito que te comentó el estado) y me encuentro con sus fotos y pienso en todas las cosas que me estoy perdiendo a 400 kilómetros de distancia: en todas las mañanas que no puedo molestarla por lo amurrada que se levanta, en todas las carreras que no corremos camino a la cocina. Me dan ganas de estar más cerca y poder peinarla cuando se me ocurra o hacer intervenciones en su contra mientras almorzamos.
A veces me gusta imaginar cómo serán las cosas en el futuro y nunca puedo decidir con certeza cuál es el escenario más probable. No sé qué diablos va a estudiar ni adónde se va a ir cuando salga del colegio, no sé si alguna vez me va a contar quién le gusta. Pero intuyo que el resultado final —de aquí a 5, 10 o 15 años más— va a seguir enorgulleciéndome tanto como lo ha hecho siempre, desde que la vi por primera vez envuelta en su manta, cuando tenía apenas algunas horas y me había traído de regalo la Kelly que hacía pipí.

sábado, 27 de agosto de 2011

Wouldn't it be nice

Apenas un gesto. Eso fue todo y yo me acerqué lento, sabiendo bien a qué me dirigían mis pasos.
El contacto fue breve, inocente, nervioso e intenso. Fue como si el mundo hubiera detenido de pronto su marcha (los transeúntes, quietos o esfumados; los autos, silenciados o inexistentes) y lo único real fuese el contorno de sus labios, el aire que escapaba de su nariz haciéndome cosquillas, el tacto de sus dedos sosteniendo apenas los míos (como si tuviese miedo de que yo fuera a soltarlos, ahora o más adelante o quizás nunca).
Apenas abrí los ojos, la pieza volvió a quedar en penumbras.

viernes, 26 de agosto de 2011

Pasos del hombre


El hombre caminaba por el sueño, pero no por el propio. Caminaba por el sueño de los otros. 



Pongamos que de una infancia cualquiera le llegaran unos ojos azules y una sonrisa de burla prematura. ¿Por qué? ¿Para quién? ¿Desde dónde? Imposible saberlo, ni siquiera imaginarlo. 

O pongamos que en una playa poco menos que desierta, un hombre y una mujer, desnudos, como el cielo, hacían un amor que era exclusivo. El hombre intuyó que algún día. Pero mientras tanto contempló el agua, que de a ratos quedaba casi inmóvil. Sabía que era salada. Lo sentía en los labios, en la lengua, en la garganta. Y que estaba viva, porque los peces saltaban, para aleluya y bacanal de las gaviotas. 

Nunca pensó que lo traicionaran. Y ocurrió sin embargo. Sintió que el corazón o el hígado o el estómago se le habían encogido. Se quedó con la infamia en la mano vacía, como si el tiempo lo desconociera, más aún, como si el tiempo lo cegara. 

Por suerte el amor borró las traiciones, llenó los días y organizó el disfrute. Decidió entonces caminar por ese sueño ajeno, que de tan ajeno se le volvió propio. Y se encontró con que el paisaje había cambiado, que en el alma le habían nacido lucernas, claraboyas, y que las rebanadas de soledad ya no le herían. 

Recordó el alerta de Cernuda: "¿Adónde va el amor cuando se olvida?" Y presintió que acaso se insertara en un sueño, vaya a saber cuál. Después de todo, los amores olvidados son pesadillas dulces. 

Así, hora tras hora, día tras día, los pasos del hombre lo fueron acercando a la armonía final de la memoria. El espejo le devolvió canas y arrugas, ceño y ojeras, ojos grises de desconcierto, pero también un halo de esperanza. Y bueno, decidió afiliarse a ese fulgor mínimo y con él se abrió paso en la maleza, convencido de que ahí nomás empezaba el futuro. Y así era.

Mario Benedetti.

sábado, 20 de agosto de 2011

viernes, 19 de agosto de 2011

Sentimentaloide

Una vez escribí una carta de amor. No estaba en 6to básico ni seguía creyendo en los finales felices de hecho no fue hace tanto así que no termino de perdonarme por haberlo hecho. Nunca vio la luz ni menos llegó a los ojos de su destinatario, pero está ahí: siendo estorbo en algún rincón de mi vida.
Me sorprende lo diferente que soy actualmente de la Consuelo que escribió esa carta, hace poco más de un año: lo distinto que me expreso, la diametralmente opuesta forma que tenía de ver la vida. Me da un poco de risa releerla y examinarla, y pensar que era ilusa e inocente, y darme cuenta de cuánto he cambiado.
El problema es que de a poco me voy dando cuenta de que -por más distinta que me sienta- al dejar el nombre en blanco podría ir aplicando la misma fórmula con palabras más elaboradas, una y otra vez, y nunca escapar de la realidad que suelo adoptar para mi vida. Me creo tan grande y me jacto de todo lo que he cambiado, y en el fondo sigo siendo la misma niña de 8vo básico que no sabía ni nunca sabrá manejar sus asuntos personales. Y para qué hablar de sus sentimientos. Sigo haciendo la vista gorda de una forma tan lamentable que, a veces, hasta yo misma me compadezco.

la carta no será adjunta por motivos más que obvios resumidos en dignidad.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Take it or leave it

Me dijo entre otras cosas que para entenderme había que viajar juntando huellas, y aunque no fue un insulto me lo tomé como tal. Lo dijo con los ojos fijos no en el piso ni en un punto neutro, sino justo apuntando a mi mirada.
Que él tenía ganas, que se moría por estar conmigo; pero que descifrarme era algo para lo que ya no le quedaban fuerzas. Que los encuentros conmigo le dejaban un sabor amargo en la boca yo no había recibido esa clase de reclamos nunca, que se quedaba pensando. Que toda yo ameritaba una segunda lectura.
Yo guardé silencio.
A qué le tienes miedo, me dijo, pero yo no respondí. Le sostuve la mirada un par de minutos y le advertí que ésta era yo, lo tomas o lo dejas; y antes de que él estirara el brazo para tomarme, yo me dejé.

domingo, 7 de agosto de 2011

Los Alemanes


Aunque puedo decir que gozo de buena memoria, mis recuerdos de la infancia los atribuyo más a esa inmensa y problemática imaginación que siempre me ha caracterizado. Partiendo de esa base, no puedo asegurar que todo lo que relate en adelante sea completamente verídico; pero de todas formas tengo la clara sensación de haberlo vivido.
Provengo de una familia grande, y mi historia familiar es tan compleja e intrincada que casi siempre prefiero ahorrarme el relato. En resumen, mi infancia la viví siempre entre 8 personas como mínimo (contando hermanos, sobrinos, papás, nana, visitas y parientes de cariño). Nuestra vida, por lo mismo, siempre ha sido bastante impredecible. Conozco de cerca los líos que trae la convivencia con demasiadas personas: el tener que almorzar en turnos para caber en la mesa y los llantos a coro que parecían contagiarse de un niño a otro. Pero todo fue una experiencia sumamente enriquecedora.
Para todos los miembros de esta enorme familia, el día más esperado era el del paseo a Los Alemanes. El viaje en esa época se nos hacía eterno (unos 30 minutos desde mi casa, 40 si el día era festivo); y nos íbamos todos en el furgón verde de mis mejores años. El rato se nos iba entre canciones, risas y cuanto se nos ocurriera hacer, pues atrás había espacio de sobra.
Al llegar, siempre nos saludaba el elefante. Era, a todas luces, mi juego favorito. A mis ojos siempre fue el resbalín más grande del mundo, y para subir a él era necesario ingresar por la parte trasera del animal, una especie de túnel tenebroso, y esquivar la cola que te chocaba en la frente. El momento del desliz se hacía eterno y a la vez tan corto, y nos dejaba la sonrisa grabada en los labios.
Había también otros juegos: los caballos de madera sostenidos sobre una especie de resorte que podías montar (pero ésos, a mí, me daban miedo), la muñeca que se tragaba las pelotas, el chancho que hacía ruidos de chancho, la jirafa en la que pedaleabas y te mojaba con chorros de agua (ése tampoco lo jugaba, porque podía resfriarme) y esa esfera de fierros que los grandes hacían girar mientras los niños gritábamos dentro. 
Cuando nos habíamos cansado lo suficiente, entrábamos a comer.
La carpa era inmensa y su aroma siempre nos abría el apetito. El ambiente tenía esa atracción intimidante que te iba volviendo adicto: los mozos se vestían a la usanza alemana y todos indudablemente lo eran. A mis cortos 8 años, yo estaba enamorada de los garzones y sus ojos tan azules. Ellos no hablaban una pizca de español y para entendernos teníamos que decirles lentamente el número de nuestro pedido. Siempre se reían con sus sonrisas encantadoras, pues la situación a todos nos causaba gracia, y luego de unos momentos volvían con los platos.
Yo siempre pedía completo.
Los completos no eran ni remotamente parecidos a la imagen que podrían formarse en sus mentes: venían en pan redondo, atravesado por una vienesa (producción propia) de unos 20 centímetros de largo y con un tomate tan rojo y sabroso que parecía un sueño. Lo comía siempre acompañado de un jugo de membrillo natural, y de postre un kuchen de quesillo que constituye el mejor recuerdo de mi infancia. Ambas cosas nunca me sonaron tan deliciosas como en verdad sabían.
A la salida, comprábamos vienesas para llevarnos a casa y siempre un mazapán para el viaje. Cuando abandonábamos la carpa, pasábamos a ver la laguna de los patos atacaron al Jero cuando era chico y yo siempre volvía al auto en brazos de mi papá.
El camino de vuelta siempre se hizo más corto por el simple hecho de que, rendidos como estábamos, nos íbamos durmiendo.
Cuando he vuelto a ir, me parece que el elefante ha ido achicando con los años, pero siempre me tiro al menos una vez, como para no perder la costumbre de reír mientras bajo. La carpa sólo la abren los veranos y generalmente nos ha tocado comer en el casino. Han puesto nuevas atracciones: pelotas transparentes en la laguna, camas saltarinas y toro mecánico. Supongo que les sigue yendo bien, porque siempre están llenos. Los completos los sirven mozos chilenísimos en pan de hot dog y el jugo de membrillo suele dejarme un sabor amargo en la boca. El kuchen no he querido volver a pedirlo.
Los Alemanes ya no son lo mismo para mí, pero eso no quita que sigan siendo un buen lugar para ir o que la idea no nos provoque aún una pizca de esa emoción que nos envolvía hace tantos años. Lo sigue haciendo, pero se desvanece tanto más rápido.
Me gusta recordarlos en sus días de gloria, cuando yo era apenas una niña con la cara escondida entre rulos que saltaban en la dirección que se les antojaba, y que soñaba con casarse con alguno de esos alemanes.
Cuando me siento sola o se me hace demasiado evidente cuánto extraño a mi familia, me gusta cerrar los ojos y recordar esos buenos tiempos: cuando lo único que importaba era cuándo íbamos a poder divisar al Elefante y si esta vez iba a atreverme a probar un postre diferente.
Por supuesto, nunca lo hice.

martes, 2 de agosto de 2011

Más coherente de lo que parece

Debería aprovechar ahora que puedo, ¿o no? Como si mis pasos me llevaran siempre irremediablemente a él y sin embargo yo insisto en mirar al frente y seguir caminando.
Más rápido Consuelo, más rápido.
Los pensamientos que se van arremolinando aunque mis razones los disipen me persiguen de cerca, y me rozan los talones y a mí se me acelera el pulso. Entonces camino más rápido y a veces escribo, pero en la práctica no gano nada, porque sigue ahí y yo sonrío y me hago la tonta, no más. Si me convenzo de que no pasa nada, quizás de verdad nada esté pasando y así me ahorro un cúmulo de problemas de ésos que siempre estoy evitando.
No es que tenga miedo eso lo aclaro de inmediato es que a veces me siento insegura de la base sobre la que pueda construir. Aún tambalea, eso es lo que pasa. No por su sombra (que no ronda mi mente de esa forma hace eternidades), sino por las huellas que fue dejando. A veces arden, sobre todo porque mi mente ha ido borrando los detalles y eso a todas luces me anuncia que algo está mal. Y si algo está mal, entonces yo no puedo seguir avanzando. O en este caso aminorar la marcha, por eso corro.
Y tampoco sé si quiera construir sobre ningún tipo de base, ¿hacerlo para qué? ¿para que se derrumbe y vuelva a pasar todo esto de nuevo? No, gracias.
Por eso prefiero no tener sentimientos, o convencerme de ello, y seguir corriendo. Siempre seguir corriendo.