El ensayo que tengo que entregar mañana lo escribí acerca de cómo me he adaptado a vivir acá en Santiago, cómo voy necesitando menos mi vida en Chillán y todas esas cosas (que no implican que no eche de menos algunas) pero hoy día en Lengua Española fuimos a escribir a Estación Mapocho y probé un poquito del Santiago que no se ve en mi U ni en mi comuna, y sumado a la visita que tuve ayer a la U de una amiga (que sí tenía el verdadero ambiente universitario), provocaron muchos pensamientos y bueno, esto es lo que surgió. Esperemos que supere la barrera del 4.4

Esta soledad tan concurrida
Acá en Santiago todo es diferente: la ciudad me parece inmensa, confusa, agitada. Todos siempre se mueven con mucha prisa, mucho ceño y poca vida.
Cuando bajo del metro, noto de inmediato cuán distinto es este sector del que conozco, en el que vivo a diario.
Al viejo de la esquina que se mueve con dificultad lo ayuda una joven (me gusta pensar que es su nieta), sin una pizca de abnegación y mucho menos con cara de paciencia. Avanzan lento y pronto se pierden entre la multitud. Ni en mi universidad ni en La Reina he visto estos escenarios.
Los kioskos de la vereda tienen un aire triste de abandono. La mujer que atiende el de los letreros fosforescentes no disfruta de su trabajo, no se siente orgullosa. Del techo cuelgan pañuelos y calcetas, en el costado reposa un panel con joyas innecesarias que todos miran pero nadie compra. Muy lejos, casi en otra dimensión, su hija más pequeña llora.
Junto a la estatua hay un hombre de mochila que toca la guitarra y observa a todos los jóvenes turistas (nosotros, por supuesto) con su mirar ausente, vacío. Las notas no las oye nadie, no llegan a ningún oído: son acordes errantes, perdidos.
Junto a la estatua hay un hombre de mochila que toca la guitarra y observa a todos los jóvenes turistas (nosotros, por supuesto) con su mirar ausente, vacío. Las notas no las oye nadie, no llegan a ningún oído: son acordes errantes, perdidos.
Todos mis compañeros miran como yo: desconcertados. Los observo para ver si soy la única que piensa tantas cosas y no puede plasmar ninguna, pero de pronto noto que no sé leerlos. A muchos no los había visto antes, ni siquiera conozco sus nombres: somos extraños.
En un pequeño rincón de sol de la escalera están sentados dos que había divisado alguna vez. Él lleva una chaqueta que siempre usa y ella apenas una polera ligera (¡y con este viento!); mientras ella escribe, él la mira con esa cara que lo delata y pienso que sus rostros alegres desentonan con el paisaje, acá en Estación Mapocho, en medio de tanta desolación camuflada.
Pero cuando entro al edificio (que me venía seduciendo desde que llegué) me sorprende la amplitud de sus espacios, la pulcritud de sus muros antiguos. Mi amiga y yo nos sentamos en las mesas del café, en medio del silencio, y noto que en la pared de enfrente están grabados los nombres de distintas ciudades. Mi mirada busca, ávida, la palabra que espero y añoro, que me lleve momentáneamente a casa. La encuentro justo sobre nuestras cabezas y noto cómo extraño sus calles tranquilas, su pobreza moderada, sus caras conocidas y los pasos lentos de sus transeúntes.
La veo y casi me llega una ráfaga del aroma de mi pieza, y casi escucho a mi mamá llamándome a comer. Por un leve segundo, el olor a húmedo del recinto se desvanece por completo.
Sólo dos días más para volver a ver tus paisajes conocidos, para perderme en tus rincones y llenarme del abrazo de mis papás para las siguientes agónicas tres semanas.
Cómo te extraño, Chillán.
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