Aunque suene estúpido y un poco ridículo, considero que los hombres se ven tiernos cuando miran futbol.
No soy una gran fan del famoso deporte ni tampoco entiendo la regla de off-side, pero me gusta ver algún partido de vez en cuando, sobre todo cuando coincide con alguna situación importante (como el mundial, por ejemplo). Aunque el fanatismo excesivo tiende a molestarme, debo admitir que tengo una clase de benevolencia extraña hacia ellos cuando los veo, embrutecidos frente a la tele, mirando a una manada de pelotas correr tras otra pelota.
Hoy día al llegar a Santiago de vuelta de mi viaje a Chillán, esperé con mi prima en el segundo piso de la estación y, por supuesto, estaban transmitiendo el partido de la U v/s Santiago Wanderers. Alcancé a ver desde después del segundo gol de la U hasta poco después del tercero, lo que implica todos los "casi" (que fueron como 3) que hubo entremedio.
Había un hombre joven, probablemente universitario, que era un chiste: se comía las uñas como si esperara la nota de su tesis y sus ojos estaban desorbitados. Cada vez que algún azul se acercaba medianamente al arco contrario, él se paraba en fracción de segundo, y tuvo que sentarse sin gritar gol las 3 veces. Su embobamiento (supongamos que momentáneo) me provocó compasión y ternura, ¡TERNURA! ¡Qué insólito!
Cuando, por fin, los chunchos metieron el tercer gol los pocos que estaban viendo el partido saltaron de júbilo al unísono, los que no se conocían se abrazaban, y el hombre en estudio estaba al borde de las lágrimas. Y no exagero.
Justo después de ese momento me fui a mi casa, pero debo admitir que la emoción y la chispa que irradiaban los idiotizados casi me contagiaron las ganas de gritar junto a ellos, a toda voz, un sonoro "¡bien conchatumadre!"
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