Eso. Tanto optimismo me parecía raro.
Yo, que siempre soy medio sombría, hoy día he andado sorpresivamente feliz, con la sonrisa a flor de labios y el humor bastante activo (no todos entienden mi humor chillanejo, pero yo sé que son buenas tallas así que me río igual). Mis endorfinas están haciendo bien su trabajo.
Quizás fue mucho café con demasiada azúcar, o quizás el chocolate que me comí en la mañana (ya sé que dije que llevaría una vida sana, pero hoy es el día MUNDIAL contra la dieta... ¡era la excusa perfecta!).
Tengo tanto por leer aún y no sé por qué estoy tan tranquila, no quiero que nada interrumpa mi inusual hemorragia de felicidad, menos aún Stalin y Nikita. No, gracias.
Puede ser que, objetivamente, las cosas van marchando sobre ruedas. No tengo nada de qué quejarme, la vida ha sido simpática conmigo últimamente. No tengo motivos para ser pesimista. A mis ojos en este preciso momento.
Aunque, creo, acabo de darme cuenta de la razón exacta que me tiene tan feliz: hoy día Santiago sabía a otoño. Las hojas secas siempre me engañan, pero hoy no estuvieron fuera de contexto. Amaneció como siempre y, optimista, me abrigué en la mañana. Al medio día la neblina se apoderó de Casa Central y siempre he disfrutado tanto el ver a las personas con la nariz roja y saltando de un pie a otro; siempre me ha encantado escuchar al paso "¡que frío!" y sobre todo, siempre me ha fascinado tomarme un café bien caliente.
Y soplar el vaho que escapa del vaso para magnificar el espectáculo, y quemarme un poco la lengua y después alegar por eso.
En resumidas cuentas, es el otoño quien me hace feliz.
Que el frío no se nos escape.
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