domingo, 19 de junio de 2011

El factor Santiago

Desde que vivo acá en Santiago estoy sola. No en el sentido trágico-depresivo de soledad como un suplicio, sino como la oportunidad que me presentó la vida para aceptar la autonomía y enfrentar las cosas por mí misma.
Nunca pensé que iba a terminar en la capital. El plan siempre fue Conce: era más fácil, estaba más cerca. Además, la idea era atractiva: vivir con mi hermano y estar a una hora de la casa. Pero bueno, aquí estamos. Las cosas se fueron dando de tal forma que estudiar en Santiago era la única opción, y se sentía tan alcanzable.
Nunca me detuve a pensar en cuánto implicaba mudarme a 400 kilómetros de mi familia, quizás porque sabía que si lo analizaba mucho no me iba a ir. Yo, que en mi vida había tomado un colectivo y que tenía que arrugar los ojos para intentar, sin éxito, leer un cartel en la calle. Ni siquiera sabíamos cómo iba a vivir. Simplemente supimos que si ése tenía que ser mi futuro, las cosas se iban a dar. 
Recuerdo tan nítido y reciente el día de las matrículas. El camino de la U a la casa de mi prima me pareció intrincado e interminable, pero reconocerlo habría sido ser débil y sabemos que eso no me gusta nada. Me acuerdo de la ráfaga de amor que me recibió cuando ella me abrió la puerta, y la forma en que supe que no habría pensión que pudiera entregarme ese bienestar. Así ha sido desde entonces: los niños siempre están para llenar la casa de gritos y risas y besos, y con ella he desarrollado tanta cercanía que podemos conversar cualquier tema sin temores. Terminamos convertidas en mutuas confidentes.
Recuerdo también que cuando el Jero me vino a dejar a Santiago no estaba nerviosa ni tenía miedo. Tampoco tenía pena, estaba como vacía de sentimientos. Siempre me pasa en los momentos importantes: las lágrimas que abundan en momentos estúpidos se secan irremediablemente, y mi mente se esfuerza en no pensar en ello (y le funciona). Fue el domingo antes de entrar a clases y nos fuimos conversando las 5 horas, y viendo capítulos de The Office. Al día siguiente le mostré la U y fuimos a conocer San Joaquín, para identificar el recorrido que por suerte ya no me parecía tan difícil.
Desde ese día han pasado meses. No han sido tantos pero tampoco ha sido un tiempo breve. Lo raro es que siento como si llevara viviendo acá, moviéndome en el mismo ambiente, varios siglos. Las caras ya me son demasiado conocidas, el metro me es demasiado familiar, la Plaza de la Aviación me es demasiado favorita. Me acostumbré a mirar el paisaje avanzando sola yo, que no podía moverme de una esquina a otra sin compañía y ha sido bueno.
También ha sido bueno que mi mejor amigo estudie a una facultad de mí y que, a veces, podamos reírnos como en los viejos tiempos mientras almorzamos en las mesas de la UC; como cuando nos quedábamos en el colegio, dentro de nuestra burbuja, haciendo nada y disfrutando todo; como si el tiempo no hubiese pasado irrevocablemente para ambos. En cierta forma es como si no lo hubiera hecho. Aún hablamos de las mismas cosas y discutimos de los mismos temas; a veces lo veo de lejos y corro no muy puc-mente a abrazarlo, y es como volver a oler las mismas calles que caminamos sin rumbo tantas veces en Chillán. Los cines de Santiago siguen sufriendo con nuestras risas inapropiadas y la comida chatarra sigue temblando cuando pisamos las puertas de cualquier mall.
Yo he cambiado, pero en el fondo creo que sigo siendo la misma. Con mi esencia algo dramática, los sentimientos nimios a flor de piel y los de verdad escondidos bajo 7 llaves. Camino más rápido si es eso posible porque la ciudad es demasiado grande y no me gusta llegar atrasada, hablo más duro para darme a respetar entre tanto capitalino que no sonríe y manejo mi propia plata con una austeridad que me sorprende. Me siento responsable, como si estuviera logrando todo eso que siempre me propuse y nunca empecé.
Siempre recuerdo la vida allá en la octava, pero la visualizo tan lejana; como si ya no pudiera rozar a los que vivieron ahí conmigo y fueran sombras que se mueven y me sonríen a la distancia. Sé que están, pero me gustaría sentirlos más presentes. No he podido compatibilizar aún el tiempo, que en Chillán vuela, y ya no los veo. No sé mucho de ellos pero logro imaginarlos, y por ahora con eso basta. A mí me basta.
No podría volver atrás, y tampoco quisiera hacerlo. Me siento grande, quizás decirlo me vuelve inmadura pero estoy siendo sincera. Estoy en lo que me gusta, y me gusta saber que lucho por lo que quiero. No quiero que en el camino se me desvanezcan los sueños con los que entré, y quiero además ir dibujando para mí otras metas a medida que vaya caminando mis pasos.
Santiago fue como una inyección de todo lo que no viví en mi casa, durante 18 años, y no ha sido dolorosa ni traumática.
Ha sido diferente a como lo soñaba, y mejor de lo que mi mente prevía. He conocido gente que vale la pena, aunque sea para una conversación casual, y he afianzado lazos que parecen increíbles para un tiempo tan corto.
Empiezo a dibujar con lápiz pasta las directrices de mi vida; y aunque asusta lo definitivas que lucen, se siente bien.
Yo, en medio de la inmensa capital, me siento inesperada y sorpresivamente bien. Tan bien que aunque tenga que cruzar sola dos comunas en una 412 que se hace de rogar, siempre lo hago de buenas.
Santiago es más respirable de lo esperaba y mucho más querible de lo que me habían advertido.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gusta tu escribimiento :B sigue así, te quiero :)