viernes, 1 de julio de 2011

Bruno

Cuando busco su nombre en facebook, el perfil todavía aparece y en su foto me sonríe así, como si todavía pudiese verlo en algún lugar del colegio.


Nunca pensé que su partida pudiese afectarme tanto. No éramos grandes amigos, pero le tenía ese aprecio que se le guarda a las personas que simplemente te agradan. Era un buen niño, con ojos transparentes, y siempre estuvo dispuesto a ayudarme cuando lo necesité. Era además el hermano mayor de una de las mejores amigas de la negra, entonces nos conocíamos por eso. En Arkontes -mi amado y extrañado movimiento- siempre destacó. Nosotros lo adorábamos porque sinceramente era demasiado bueno y en el último campamento que compartimos lo pusieron en mi grupo. Bruno me alivió la carga de cuidar de todos los niños y, como además recibió pañolín, nuestra relación se hizo mucho más cercana. Era de esas personas que inspiran: vivió con diabetes desde siempre y nunca le vimos victimizarse o poner problemas por eso.
Por eso es que fue tan fuerte para nosotros asumir que Bruno se nos estaba yendo. Fue dos semanas después del campamento y al parecer era justamente éste el causante de su agonía. Se dice que fue hanta, pero yo nunca escuché versiones oficiales. Nunca habíamos rezado más fervientemente por alguien y yo juro que confiaba en su recuperación.
El 14 se terminó el semestre, y en la mañana antes de ir al colegio recibí la llamada. Todo tambaleó, sentí la muerte mirarme desde la esquina de la cocina con una sonrisa triunfante y todo se volvió tan real. Recuerdo los gritos de mi madre y cómo se desfiguró la cara de mi hermana, yo me fui a la pieza y prendí el computador. No podía ser verdad. Los mensajes estaban ahí, avisando. Revisé sus fotos mientras me repetía la frase en voz alta, y lloré. Parece normal, es lo que debiera suceder, pero nunca antes me había pasado. Las muertes no suelo llorarlas: las siento, simplemente, y las voy madurando en mi interior; pero lo de Bruno fue completamente diferente: me afectó más de lo que esperaba porque era dolorosamente cierto y a la vez parecía una broma de mal gusto.
Llegar al colegio no facilitó las cosas: los desayunos de fin de semestre estaban sucediendo como cada año, los compañeros reían y nosotros, en el Aula Magna, rezábamos con lágrimas en los ojos. Los siguientes dos días fueron horribles. Recuerdo que dirigí unas oraciones frente a la asamblea la tarde que lo esperábamos, pero las imágenes son borrosas. Recuerdo también el camino de bienvenida que formamos, junto a los Scout, al borde de cada vereda con velas entre las manos, y recuerdo vívido el momento en que el auto pasó frente a mis ojos. El aire estaba como congelado y los pulmones me pesaban. Fue horrible, todo fue tan horrible.
La misa, después, ha sido uno de los momentos más tristes de mi vida: nunca antes había llorado tanto y sentía que iba a desmayarme, que no me quedaban más fuerzas. Una de mis profesoras vino a abrazarme y yo no podía mover mi cuerpo; escuchaba la voz del padre a lo lejos hablando cosas tan reales y adecuadas, nada de formalismos, pero podía ver a su familia, sus hermanas, tan enteros que terminaba por destrozarme.
Para el funeral le cantamos algunas de sus canciones favoritas -The Beatles, por supuesto- y antes de que lo bajaran le tiramos claveles amarillos. Había una corona con el símbolo del movimiento y todo lo que estaba pasando era crudo y tan injusto.
Recuerdo para el aniversario del colegio la furia que me causó que se suspendieran las actividades por la muerte de la mamá del rector (que apenas conocíamos) y cómo entré a la oficina del jefe de ciclo, notoriamente afectada, a decirle cuán indebido me parecía luego del escándalo existente mientras nosotros llorábamos a nuestro compañero, ese día de julio hacía ya un año.
Con Bruno no éramos amigos, no éramos tan cercanos como para que su muerte terminara por afectarme tanto, pero finalmente sí lo hizo. Lo tengo increíblemente presente todo el tiempo, lo siento cercano y tengo la sensación de que nos habríamos llevado tan bien. De vez en cuando revivo en mi mente todo el proceso y sé que me dejó heridas que no logro entender ni menos sanar, pero creo conforman parte importante de mí.
Hace poco tiempo, en una entrevista para mi beca, me preguntaron por el momento más difícil que haya vivido y ahí apareció de nuevo Bruno. Ni siquiera me había dado cuenta de cuán importante había sido. Irrumpí en un llanto incontrolable y la gerente de la fundación me miró estupefacta. Le expliqué, entre balbuceos, la historia. Y pareció entender.
En cierta forma Bruno ha pasado a formar parte de mis fantasmas. No de esos que asustan a las personas, no. A los que recurro en mi mente cuando necesito sentir que alguien me acompaña. Está ahí, haciéndole compañía a mis tatas y a la tía Mónica, todo lo alto que era, con su sonrisa permanente y sus ojos que siempre miraban cómplices a través de sus lentes.

hasta siempre, Bruno.-

1 comentario:

Jose Gutiérrez dijo...

bellisimas palabras, me emocionaste.