domingo, 4 de septiembre de 2011

El mar

Siempre ha sido así, uno de esos lugares que entrañan algo. De chica son los recuerdos junto a él: las tardes en Cobquecura, las excursiones familiares, los paseos que siempre terminaban en baldazos de agua salada. Su majestuosidad siempre me ha causado un cierto respeto y he preferido observarlo de lejos como reconociendo su superioridad que aventurarme a descubrir qué se esconde detrás del límite que dibujan sus olas.
La conversación de hoy surgió espontánea, como siempre: mi prima y mi tía estaban en el patio fumándose un cigarro y yo que las vi a través de la ventana decidí salir a hacer vida lejos de mi cama. Figurábamos sentadas bajo el techo de la terraza cuando empezó a llover (lluvia santiaguina, no sé siquiera si debo aclararlo) y el susurro de las gotas nos evocó automáticamente al ruido líquido de las olas reventando en los rincones. La tía Marisol empezó a hablar de aquella vez en la que el mar casi la mata, de cómo se rindió y fue mi papá quien le dijo no seái cobarde y la obligó a seguir nadando. Contó con un realismo doloroso cómo avanzó hacia ellos el primo Nano y cómo no lo vieron volver. Contó también cómo luego de dos horas tocaron tierra firme y le vieron estrellarse contra unas rocas. La historia de la milagrosa salvada la sabía desde siempre, pero los detalles posteriores nunca los había escuchado. Para qué relatarlos: dolor, sangre, muerte. Entonces el eje de la conversación fue el mar y cómo no íbamos a detenernos a hablar de aquella vez no es necesario aclarar cuál, mar es el sinónimo inmediato de esa tragedia y fue la primera vez que la escuché hablar, en primera persona, de la muerte de la tía Mónica. Me fue tan fácil recrear los momentos a medida que ella los iba relatando y sus ojos al igual que el pasto del patio, al igual que los rincones de nuestras propios se iban llenando de agua. Contó todo: desde que empezó esa mañana hasta que la tía, nueve días después, dejó de respirar. Habló de cómo luchó contra las olas, de cómo nadie entró a ayudarlas, de la forma en que pensó que si no la sacaba del mar tendría que irse con ella. Habló con un lujo de detalles que yo ignoraba y el mar, en mi mente, iba silenciando todos los murmullos. Escuchaba a lo lejos a mi tía contarnos la historia y la imagen de la tía Mónica sonriendo se iba dibujando lentamente, como si nunca se hubiese ido. Todos los recuerdos florecieron de pronto y fui capaz de recordar cada detalle a pesar de los 6 años que distancian aquellos días: recordé cuando recibimos la llamada en Chillán y también el viaje en el furgón verde mientras nos dirigíamos a Santiago, la once donde mi prima con quien ahora vivo, cuándo lo habría imaginado y sus gritos ante el aviso telefónico de su partida. Recuerdo incluso el puesto que ocupaba ella, dónde exactamente me encontraba yo. Recuerdo también el tiempo que pasamos en la clínica al frente de mi actual facultad, las mismas baldosas que ahora camino cuando me muevo con mi otra mitad y la impresión que todo el espectáculo causó en mí.

Esta foto la tomé en Lota, en el invierno, mientras construía junto a mi comunidad el techo para la sede de la junta de vecinos. Era el mar lo único ante nuestros ojos: inmenso y tranquilo, sereno y traicionero. Recuerdo las reuniones en los zincs del segundo piso (siempre pisando los clavos) mirando la línea donde parece perderse, llegar a su fin, pero donde en realidad sólo encontramos más agua. Más, y más agua. Me impresiona la omnipotencia que te obliga a recoger las rodillas y contemplarlo en silencio y escuchar cómo te llegan, susurrantes, las historias que guarda. Que encierran lágrimas tan húmedas como los rastros que dejan sus olas sobre las huellas de los que se aventuran a acercarse más.
Yo apenas me atrevo a mirarlo desde el techo.
Le saco una foto, eso es todo. Y con eso me basta.


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