sábado, 18 de mayo de 2013

Terminó The Office

No recuerdo exactamente en qué curso estaba, pero creo que fue en segundo medio. Quizás primero, pero por esos tiempos. La época en la que el Jero llegaba los viernes y se iba los domingos, y a veces me ayudaba con mis pruebas y a veces me grababa películas. Ésa fue la época, el Jero me dijo "te tengo una serie, tenemos que verla juntos" y yo, como desde siempre, le dije que sí sin dudarlo. Así fue como empezamos a ver The Office en el computador de su pieza, tendidos en la cama. No sé si él se imaginaba lo que estaba creando, capítulo a capítulo, pero lo que sí sé es que esa invitación se volvió fundamental en nuestra relación. 
No es que mi relación con él se base en nimiedades como series o maratones de películas antes de los Oscar o la ceremonia, cada año a fines de febrero. No. El lazo es mucho más profundo que eso. Y sé también que muchas personas no se llevan bien con sus hermanos y que hay otras que dicen que sí, que buena onda, que son familia así que han aprendido a llevarse, pero ése no es mi caso. El Jero no es mi hermano no más, con quien veo series y me río y lloro: es una de las cosas más importantes que tengo en mi vida.
Cuando era más chica (bien chica, tipo seis años) siempre soñaba que el Jero se enfermaba y le pasaba algo. Siempre despertaba llorando. En ésa época no éramos tan cercanos como ahora, pero yo ya lo idolatraba incondicionalmente. Por esos tiempos era mi modelo a seguir, no más, el monito mayor al que siempre quería imitar y del que buscaba la aprobación constante. Eso bastaba: que el Jero se riera, que el Jero me contara algo. 
Lo de The Office pasó años después, cuando yo ya era grande (pero aún chica) y estaba en media y compartíamos el mismo humor y se volvió algo nuestro, ver la serie. Repetir las frases de Michael Scott, bajar capítulos y esperar que llegara el fin de semana para que el Jero viniera, mochila al hombro, a darse un tiempo de su vida de universitario para estar conmigo. Eso era todo para mí. La serie era un pretexto, era lo que venía por añadidura. Lo que más disfrutaba era explotar de la risa en las mismas escenas, que me sorprendiera con imitaciones de vez en cuando, que tuviéramos esa complicidad.
Entre maratones de temporadas nos pusimos al día y cuando salí del colegio ya íbamos esperando que saliera cada nuevo capítulo. Era una tradición instaurada.
Creo que por eso me dio tanta pena que terminara la serie. No porque le faltaran más temporadas, no porque Steve Carell se hubiera ido, no porque fuera a extrañar los capítulos ni mucho menos porque pensara que con ella se terminaría el lazo con mi hermano. No, esa opción nunca ha pasado por mi mente. Creo que me apena porque inevitablemente es el cierre de un ciclo que no puedo ignorar, que se está materializando ante mis ojos. 
Cuando empezamos casi accidentalmente a involucrarnos con esa historia, yo tenía quince, estaba en el colegio y esperaba que el Jero llegara cada fin de semana. Hoy, cuando terminé de ver el último capítulo de la última temporada, estoy en mi visita mensual a la casa, la vez que coincido en el Jero, por pocos días y pocas veces. 
Los dos hemos crecido y me alegro de que así sea, porque eso indica que estamos vivos y que hemos decidido crecer juntos, cerca. Pero me da pena y nostalgia pensar en que el tiempo pasa rápido, que ya no volveremos a vivir en la casa como cuando éramos más chicos y que al final, la vida avanza irremediablemente.
Sé que vamos a encontrar más series, pero The Office simboliza para mí toda la evolución de cómo mi hermano pasó a transformarse en "my person".
Por eso le tengo tanto cariño a la serie y por eso no pude decir palabra cuando escuché la canción cerrar ese perfecto capítulo. Porque yo sí sé reconocer que estos son los tiempos que el día de mañana voy a añorar. Porque tengo la posibilidad de llorar en el hombro del Jero y decirle que lo amo y yo sé que él entiende todo eso. 
Y eso, considero, es razón suficiente para estar agradecida.


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