jueves, 13 de octubre de 2011

Carta a mí misma

Querida Consuelo de hace un año:

¡Qué rápido pasa el tiempo! ¿no? ¿podrías creerlo? No te has dado ni cuenta y ya ha pasado un año desde aquel fatídico día.
Oh, pequeña Consuelo, te compadezco: estás ahí, tan llena de ilusiones y optimismos que se verán irremediablemente dañados más pronto de lo que imaginas.
Sé que piensas que te sentirás así de feliz por un largo, laaargo tiempo; pero puedo decirte con propiedad que tal bienestar será efímero. Te la llorarás como pocas veces (a cubierto del mundo, claro) y se vendrán momentos superficialmente difíciles que tendrás que superar solita.
Está bien, Consue, va a ser para mejor. De hecho me das un poco de pena, ahí con tu carita de inocencia y cuentos de hadas. Vas a pasar 3 bonitos meses que no querrás recordar (a pesar de que lo harás constantemente) en el transcurso de los posteriores, y luego te sobrepondrás más dueña de ti misma que nunca antes.
Vas a crecer y vas a cambiar. Vas a empezar a habituarte a una versión de ti que no sospechas, pero que terminarás queriendo.
Ahora disfruta, ríe, conoce, abraza y recuerda. El odio eventualmente se esfumará y terminará por volverse un buen recuerdo.
Nos vemos en un año, cuando me caerás mejor y dejarás de inspirarme esa lástima patética.

con amor
tu Yo del futuro

jueves, 29 de septiembre de 2011

Notificaciones

Es raro ver tu nombre en mis notificaciones.
Como si por un segundo el tiempo volviese atrás, y fuese a encontrar en mi muro tus mensajes, tus propuestas, tus caritas felices. No es que piense en ello a menudo, o que aún lo sufra, o mucho menos lo necesite: simplemente se siente raro, como cuando encuentras una prenda que no te ponías hace tiempo y ahora parece como si hubiera sido de otro cuerpo.
Es raro ver tu nombre en mis notificaciones, pero a final de cuentas, no podemos evitar encontrarnos en comentarios de otros que fueron nuestros amigos; y hoy son mis amigos y tus amigos por separado.

hoy día me acordé que esto existía y decidí que calificaba para estar aquí.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Semáforo

Recuerdo esa vez en que te tomé la mano cuando íbamos cruzando la calle. No calzaban tan bien como quería y no me sentí tan cómoda como me gustaba creer.
De todas formas, era demasiado tarde.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El mar

Siempre ha sido así, uno de esos lugares que entrañan algo. De chica son los recuerdos junto a él: las tardes en Cobquecura, las excursiones familiares, los paseos que siempre terminaban en baldazos de agua salada. Su majestuosidad siempre me ha causado un cierto respeto y he preferido observarlo de lejos como reconociendo su superioridad que aventurarme a descubrir qué se esconde detrás del límite que dibujan sus olas.
La conversación de hoy surgió espontánea, como siempre: mi prima y mi tía estaban en el patio fumándose un cigarro y yo que las vi a través de la ventana decidí salir a hacer vida lejos de mi cama. Figurábamos sentadas bajo el techo de la terraza cuando empezó a llover (lluvia santiaguina, no sé siquiera si debo aclararlo) y el susurro de las gotas nos evocó automáticamente al ruido líquido de las olas reventando en los rincones. La tía Marisol empezó a hablar de aquella vez en la que el mar casi la mata, de cómo se rindió y fue mi papá quien le dijo no seái cobarde y la obligó a seguir nadando. Contó con un realismo doloroso cómo avanzó hacia ellos el primo Nano y cómo no lo vieron volver. Contó también cómo luego de dos horas tocaron tierra firme y le vieron estrellarse contra unas rocas. La historia de la milagrosa salvada la sabía desde siempre, pero los detalles posteriores nunca los había escuchado. Para qué relatarlos: dolor, sangre, muerte. Entonces el eje de la conversación fue el mar y cómo no íbamos a detenernos a hablar de aquella vez no es necesario aclarar cuál, mar es el sinónimo inmediato de esa tragedia y fue la primera vez que la escuché hablar, en primera persona, de la muerte de la tía Mónica. Me fue tan fácil recrear los momentos a medida que ella los iba relatando y sus ojos al igual que el pasto del patio, al igual que los rincones de nuestras propios se iban llenando de agua. Contó todo: desde que empezó esa mañana hasta que la tía, nueve días después, dejó de respirar. Habló de cómo luchó contra las olas, de cómo nadie entró a ayudarlas, de la forma en que pensó que si no la sacaba del mar tendría que irse con ella. Habló con un lujo de detalles que yo ignoraba y el mar, en mi mente, iba silenciando todos los murmullos. Escuchaba a lo lejos a mi tía contarnos la historia y la imagen de la tía Mónica sonriendo se iba dibujando lentamente, como si nunca se hubiese ido. Todos los recuerdos florecieron de pronto y fui capaz de recordar cada detalle a pesar de los 6 años que distancian aquellos días: recordé cuando recibimos la llamada en Chillán y también el viaje en el furgón verde mientras nos dirigíamos a Santiago, la once donde mi prima con quien ahora vivo, cuándo lo habría imaginado y sus gritos ante el aviso telefónico de su partida. Recuerdo incluso el puesto que ocupaba ella, dónde exactamente me encontraba yo. Recuerdo también el tiempo que pasamos en la clínica al frente de mi actual facultad, las mismas baldosas que ahora camino cuando me muevo con mi otra mitad y la impresión que todo el espectáculo causó en mí.

Esta foto la tomé en Lota, en el invierno, mientras construía junto a mi comunidad el techo para la sede de la junta de vecinos. Era el mar lo único ante nuestros ojos: inmenso y tranquilo, sereno y traicionero. Recuerdo las reuniones en los zincs del segundo piso (siempre pisando los clavos) mirando la línea donde parece perderse, llegar a su fin, pero donde en realidad sólo encontramos más agua. Más, y más agua. Me impresiona la omnipotencia que te obliga a recoger las rodillas y contemplarlo en silencio y escuchar cómo te llegan, susurrantes, las historias que guarda. Que encierran lágrimas tan húmedas como los rastros que dejan sus olas sobre las huellas de los que se aventuran a acercarse más.
Yo apenas me atrevo a mirarlo desde el techo.
Le saco una foto, eso es todo. Y con eso me basta.


domingo, 28 de agosto de 2011

La Negra

Siempre digo que es imaginación de ustedes, que somos demasiado diferentes, pero la verdad es que asumo que somos bastante parecidas. Lo digo con un poco de ironía, si es evidente que el crossing over no funcionó del todo cuando fuimos concebidas, con 4 años y medio de diferencia.
En realidad la Negra es una de mis mejores amigas. Me acuerdo cuando era más chica y hablaba con su voz ronquita y le llevaba la contra a todos. Ahora que está grande podemos conversar cualquier cosa, y acompañarnos, y reír y reír y terminar pensando sospechará el mundo lo locas que estamos.
Siempre me sorprende con su fortaleza, sus opiniones tan centradas, su forma de hacerme pensar de dónde salió esta cabra chica. Sus piernas interminables que no sé cuándo crecieron tanto, sus mismos ojos de uva que me miran entre maliciosos y desafiantes, su risa que —afortunadamente— ha ido bajando de decibeles a medida que crece.
Cada cierto tiempo me meto a su muro a escribirle alguna estupidez que me haga sonar sobreprotectora (como eres muy chica para usar esa ropa, o quién es ese niñito que te comentó el estado) y me encuentro con sus fotos y pienso en todas las cosas que me estoy perdiendo a 400 kilómetros de distancia: en todas las mañanas que no puedo molestarla por lo amurrada que se levanta, en todas las carreras que no corremos camino a la cocina. Me dan ganas de estar más cerca y poder peinarla cuando se me ocurra o hacer intervenciones en su contra mientras almorzamos.
A veces me gusta imaginar cómo serán las cosas en el futuro y nunca puedo decidir con certeza cuál es el escenario más probable. No sé qué diablos va a estudiar ni adónde se va a ir cuando salga del colegio, no sé si alguna vez me va a contar quién le gusta. Pero intuyo que el resultado final —de aquí a 5, 10 o 15 años más— va a seguir enorgulleciéndome tanto como lo ha hecho siempre, desde que la vi por primera vez envuelta en su manta, cuando tenía apenas algunas horas y me había traído de regalo la Kelly que hacía pipí.