Total, la vergüenza más grande ya la pasé.
A raíz de un fragmento de Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoievsky
A casi todas las mujeres nos pasa lo mismo. No a todas, porque hay algunas que simplemente se salvan, pero la mayor parte de nosotras no lo hace. Sonia no es la única, Sonia no es tanto un personaje ficticio, vive en muchas e incluso vive en mí. La sentí estremecerse dentro a cada palabra que iba leyendo, la sentí vibrar e incluso la sentí volver con sus sollozos ahogados.
La historia es siempre igual: él llega, viene y hace lo que se le antoja en tu vida y de pronto te das cuenta que lo necesitas. A él, que no es perfecto, y tiene mil manías desagradables, y tiene malas pulgas y a veces ni él mismo se comprende. Pero en el fondo, sabes que es más que eso. Que tras su rudeza y tosquedad esconde una infinita ternura y por algún estúpido motivo… te involucras. Quieres entenderlo y más patético aún, quieres ayudarlo. Sabes que hay algo en su vida que justifica todo lo que hoy él es: un gran trauma, una pérdida importante, algo que simplemente no todos han vivido y que lo ha marcado para siempre. Te sientes ese superhéroe y sabes que podrías ayudarlo tanto, y te desgastas y sufres, pero extrañamente te sientes mejor.
Él no es el hombre que habías soñado cuando pequeña, no es el que llega en blanco corcel a enamorarte y hacerte plenamente feliz. Es un Raskolnikov cualquiera, sombrío y turbio, triste y enigmático que tras esa mirada revuelta y profunda esconde tanto. No porque quiera esconderlo sino porque no tiene otra opción, porque (terminas por convencerte) no es su culpa.
Pero déjame decirte algo, tampoco es la tuya, y lamentablemente nunca podrás curarlo. Sus heridas son demasiado profundas y no te conviene, escúchame bien, intentar repararlas. Quizás en un principio estés llena de esperanza y notes pequeños avances. Después de todo, él te quiere. Él no se merece lo que vive y tú eres la única que notas que en pequeños detalles se prevé que tarde o temprano las cosas mejorarán, y su cara la inundará una sonrisa y que serás tú quien camine de su mano.
Pero de pronto él ya no está. Se ha ido porque era su naturaleza y eres tú quien ha quedado herida ahora. No concibes el mundo sin su presencia aplastante y te duele cada órgano desde que ya no está. Él ya rehízo su vida y no se ve feliz, pero tampoco diferente de como siempre fue. Todos te lo advirtieron ¡y cuánta razón tenían! Tú no quisiste escuchar y luchaste, pero perdiste la batalla y quedaste seriamente lastimada.
Ya no puedes quejarte porque desde el principio lo sabías, que corrías ese riesgo y las probabilidades siempre terminan por hacer justicia.
Tu querida Sonia interna no pudo salvar de su desgracia a tu Raskolnikov, como a cada Sonia en el mundo le ha pasado.
Por eso a casi todas nos cuesta tanto, porque cada hombre Raskolnikov ha dejado una huella sensible en nosotras y al contacto siempre duele. Por eso cuando llega el sincero que promete y cumple, no sabemos apreciarlo. Por eso en las noches lloramos sin saber por qué.
Porque, admitámoslo de una vez, nos encanta la adrenalina que nos provoca, el temblor en las piernas y esa incertidumbre constante, ese malestar tan placentero.
Las Sonias somos masoquistas y la herida que nos ha dejado Raskolnikov no sana, nunca.
Lo realmente preocupante es que si le haces una pregunta a cada Sonia en el mundo la respuesta será exactamente la misma: los ojos sorprendidos, la sonrisa amarga y el “sí, cómo valió la pena”.
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