Tu fantasma entró conmigo y fue a reunirse con tu cuerpo. Me saludaste por primera vez desde tus ojos y descubrí —con alivio— que ya no eras el mismo. En tus manos no llevabas mis huellas y en las pestañas te colgaban otras miradas. Luego pensé que quizás a mí también se me había esfumado la evidencia y dejé de temblar. Entonces me aventuré —inédita— a regalarte una sonrisa (la primera, para ti, sin segundas intenciones).
era viejo, pero siempre quise subirlo.
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