Aclaro que la Coni no es mi musa, sólo fue un trabajo para Lengua Española.
Su silueta menuda junto a la ventana era una imagen completamente sobrecogedora: su largo pelo cayendo a los costados de su cara compungida, sus grandes ojos azules humedecidos como poco solía pasar y su pequeña mano apoyada en el vidrio.
Uñitas lloraba, ella bien sabía que los gatos no pueden llorar, pero Uñitas lloraba. Estaba demacrado, enfermo, triste. Sus ojos se encontraron un momento, verde felino y azul humano, y fue suficiente para desatar la pena más grande que su joven corazón hubiera conocido. A sus cortos 8 años, conoció el dolor de la pérdida.
Uñitas nació de Minina, una gata promiscua que se ganó por dibujar en una plaza. Su participación en el concurso fue espontánea: apenas divisó el premio supo que debía ganar. La gata en cuestión tuvo varias crías (todas de diferente aspecto), las cuales fueron puestas en una caja con el fin de ser regaladas. Los pequeños gatos eran lo más tierno que sus ojos hayan visto jamás: pequeñas bolas de pelo que se revolcaban en la alfombra y que luego asomaban sus patas a través del cartón. Ella, sin permiso, tomó el gato que la adrenalina de desobedecer le permitió y lo escondió entre su ropa.
La batalla la ganó, y la familia tuvo un nuevo integrante, blanco y con manchas manjarosas. El pequeño felino mostró muy pronto su inclinación a rasguñar cuanto se le presentara por delante, y el nombre se hizo evidente.
La pequeña Constanza no recordaría grandes momentos o situaciones especiales junto a su gato una vez que el tiempo empañara los recuerdos, pero desde un principio supo que sería especial en su vida. Debieron de haber crecido juntos: jugado en el patio, peinado en la pieza, abrazado en la vida.
El pequeño Uñitas pronto dejó de ser una cría y lamentablemente heredó el defecto de su madre que fue la causa de su propia existencia: fue dado a la vida fácil. Sus deslices terminaron por contagiarle aquello que los humanos más temen: sida.
Uñitas se alejó a pasos lentos de la vida de la pequeña Constanza, y tal como Minina había partido, pronto el hijo escapó de su lado. El hecho que marcó ese punto de su vida fue observar cómo su mascota se dirigía a morir lejos de donde había crecido, y saber que no podría ya traerlo de vuelta.
Hoy la pequeña Constanza es una mujer que aún tiene el pelo largo y los mismos nostálgicos ojos azules; suele recordar con una sonrisa a su gato coqueto, ignorando quizás la huella que este dejó en lo más profundo de su esencia. Resulta obvio al escucharla hablar del tema: esquiva la mirada a algún rincón escondido y la voz le tirita apenas.
Afuera su perro ladra, pero estoy consciente de que en el alma de su casa amarilla, Uñitas ronronea.
Hoy la pequeña Constanza es una mujer que aún tiene el pelo largo y los mismos nostálgicos ojos azules; suele recordar con una sonrisa a su gato coqueto, ignorando quizás la huella que este dejó en lo más profundo de su esencia. Resulta obvio al escucharla hablar del tema: esquiva la mirada a algún rincón escondido y la voz le tirita apenas.
Afuera su perro ladra, pero estoy consciente de que en el alma de su casa amarilla, Uñitas ronronea.
1 comentario:
Afuera su perro ladra, pero estoy consciente de que en el alma de su casa amarilla, Uñitas ronronea.
me mataste, me hacís llorar. Me llego demasiado jajajaja #pobreperro, es solo una pantalla
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